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Patrimonio de Montefrío es un proyecto ciudadano para recopilar los saberes de este pueblo y difundir su cultura y legado.

Mi infancia

“Mi infancia”, texto por la poetisa Verónica Redondo Moreno sobre Montefrío:

En mi pueblo, los atardeceres siempre eran naranjas y violáceos. Al menos, yo lo recuerdo así. Tras el cristal, la Villa, apoteósica, parecía vigilarlo todo, hasta mis movimientos para hacerme con un chupa-chups de chocolate del kiosko de “la Fefa”. Mi infancia fue eso y algo más.

Nosotros vivíamos en la Barriada de la Paz. Si cruzabas la Avenida de la Paz, llegabas a casa de Adela, y en la de al lado vivía Manolo, que ahora se hace llamar “Montefrío Siempre”, aunque vive en Baleares, pero lleva al pueblo en el alma, como todos los que tuvimos que salir de él. No lo he sabido hasta ahora. Las redes sociales… Le haces el árbol genealógico y resulta ser un taxista que vivió a pocos metros de ti cuando tú escuchabas “Every Breath You Take” sin saber que, unos veinticinco años después, verías a The Police en directo, ya lejos del pueblo, ya lejos de los chicos que, cerca de su Vespino, ponían la radio a toda voz.

Cuando yo era pequeña, el papel higiénico era gris y parecía cartón de envolver los churros de los lunes. En el mercado, mi yaya compraba gambas para el arroz, pero nunca decía “gambas”, sino “gambillas”, aunque fuesen langostinos. A mí eso siempre me hizo mucha gracia. Me encantaban los días de mercado porque no solo nos llevábamos gambas, sino boquerones y tomates para la merienda, y algún pedazo de queso y un cuento cada lunes.

Los atardeceres, en mi pueblo, se hacían esperar. Allí me tenías, de rodillas en la silla, a eso de las tres de la tarde, esperando a ver la nube anaranjada y violácea aparecer junto a la Villa. “Lee un cuento mientras”. “¿Tú qué lees, yayo?” “A Balzac. Es francés”. “¿Yo puedo leer a Balzac?” “Primero colorea los pollitos que te han dado las monjas y luego lee un cuento. Ya habrá tiempo de Balzac”. “Yayo, si dibujo al pollo no voy a avanzar mucho. Llevo dibujando pollos todos estos años”.

Pienso en los atardeceres del pueblo mientras escribo con mi portatizas sobre las oraciones impersonales.

Cuando llovía en el pueblo, no hace falta que lo preguntéis: ya sabéis que no atardecía. Era de noche todo el día. Pues me pasaba esa santa noche dibujando pollos mientras mi yayo leía a Balzac, a Galdós, a Blasco Ibáñez. “¿Quieres ver conmigo ‘La Barraca’? Sale tu tierra”. “Pero no dibujo pollos, ¿vale?” “Vale, hija. Hoy no. Si vemos ‘La Barraca’, no dibujas pollos, pero antes de acostarte me haces unas cuentas de tres cifras”. “Yo creo que ya sé de cuatro, yayo”. “Pues de cuatro, pero ya no dibujas pollos. Le enseñas a Sor Amparo los del año pasado o los del anterior, o le dices que ya sabes cómo se dibujan pollos, que te manden cuentas de cuatro cifras”. “Te decepcionaré, yayo”. “No importa, hija. Mira qué atardecer más bonito. Es naranja y violáceo”. “¿Los de Balzac también?” “Algunos, hija… Algunos”.

Escribir, desde que nací, fue uno de mis asuntos, pero a nadie le debe importar cuáles son mis asuntos. Yo sólo voy del trabajo a mis asuntos. Y si no atardece… quizá me escriba amor en los brazos. Asunto mío es haberme quedado allí para siempre.

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