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Patrimonio de Montefrío es un proyecto ciudadano para recopilar los saberes de este pueblo y difundir su cultura y legado.

Entrevista a Verónica Redondo Moreno

Patrimonio de Montefrío entrevista  a la poetisa Verónica Redondo Moreno con motivo de su obtención del XXX Premio Internacional de Poesía Francisco de Quevedo, cuya entrega de premios tuvo lugar el pasado 28 de agosto de 2010.

– Patrimonio de Montefrío: Acabas de ganar el prestigioso Certamen Internacional de Poesía Francisco de Quevedo, ¿cómo ha sido la experiencia?

– Verónica Redondo Moreno: Tengo que reconocer que, aunque no es el primer premio galardón internacional que recibo (con trece años recibí el Premio Internacional y Extraordinario “Paz y Cooperación” de la Organización Internacional del Trabajo), ya no esperaba mucho más y me llevé una gran sorpresa. Este trabajo es muy complejo: parece que todo el mundo escribe, y se vuelve un lugar competitivo que a mí, personalmente, no me agrada. Toda la parafernalia que ha rodeado al acto ha sido realmente preciosa, porque se ha participado en las festividades de Villanueva de los Infantes, donde valoran mucho el patrimonio que poseen. Después de esto sí veo difícil llegar a más, así que me quedo con la experiencia de haber sido investida Gran Comendadora de la Orden Literaria de Quevedo, un autor al que he leído siempre y con el que me siento muy identificada. Poder escuchar en un acto tan especial, además, el nombre de Montefrío y recordar yo misma a mis yayos, -mis abuelos maternos-, que hicieron de mí lo que soy, fue, de hecho, más importante que todo lo demás.

– PdM: ¿Qué destacarías de “A D. Francisco de Quevedo y Villegas, que soñaba en las torres y luchaba en los versos”, poesía con la que participaste en este evento?, ¿qué crees que la hizo ganar?

(Se puede leer la poesía pinchando aquí)

– VRM: En el grupo que la Orden posee en las redes sociales se recibieron críticas, pues el poema se copió con algún error en la división de las estrofas, pero estaban medidas y, sobre todo, muy pensadas. Nadie comprendía todo el significado, y de hecho, por su oscuridad, en Infantes estuve explicando todo su significado tras el acto. El poema, aunque no lo parezca, es excesivamente polisémico; todo tiene doble sentido, y no es una imitación de lo que hacía Quevedo, sino un homenaje a él. Eso, según el jurado, es lo que hizo que fuera votado por unanimidad, pues la gente se centra en escribir sonetos barrocos cuando la finalidad es otra. Si os contara todo lo que digo entre líneas, casi creeríais que es un relato en lugar de un poema, y esto no es más que un homenaje también a ese conceptismo del que hizo gala Quevedo.

– PdM: ¿Qué significa la poesía para Verónica Redondo Moreno?

– VRM: Yo me crié en Montefrío con mis yayos. Por desgracia, mi yayo era enfermo crónico y estaba condenado a vivir junto a una bombona de oxígeno. Cuando contaba con dos años de edad, me enseñó a leer, a escribir y comencé también con las matemáticas básicas. Yo era quien le leía, desde tan pequeña, el periódico y el B.O.E. Pero claro, todo esto era demasiado prosaico. Una mañana entramos mi yaya y yo a la tienda de Carlos Ramos, que sacó unos cuantos libros para que eligiera el que más me gustara. Me llamó la atención uno muy coloreado: Poemas en prosa, de Rubén Darío. Fue más tarde, en 1988 cuando, en agosto, falleció mi yayo. Me había hecho prometer que estudiaría, que sería “alguien grande”, y durante toda mi vida he intentado no defraudarlo. Resultó mágico: él se fue y a mí me dio por subirme a los árboles y escribir poemas, sin apenas ninguna base. Me volví una chica ensimismada, tímida, callada, solitaria. Con el tiempo, he superado esos obstáculos, gracias al teatro, pero creo que nunca he sido tan prolífica como en aquellos tiempos.

La poesía, en mi vida, ha sido mi válvula de escape; mi modo de expresar lo más difícil que hay en mí, pero también lo más sencillo; la manera de dedicar y agradecer a mis amigos todo lo que hacen por mí; el camino para describir lo que mis ojos ven de forma tan diversa. Hay gente que afirma que la poeta es la misma que cada día habla de cualquier tema. Mi mente no puede funcionar de otro modo: es una “mente poética”, una expresión que a algunos les saca una sonrisa.

– PdM: Además de poesía también escribes prosa, ¿qué te aporta un género y otro?, ¿con cuál te sientes más cómoda escribiendo?

– VRM: La poesía, como he dicho, surge automáticamente. No tengo que contar versos o sílabas: mi mente es matemática y musical y apenas necesito hacer modificaciones. Pero esa facilidad también existe en un tipo de prosa que no se basa en argumentos de acción. Me gusta la literatura de viajes, la que te hace pensar, y también la que piensa por sí misma. Tengo dos premios de narrativa y dos de poesía; todo está muy equilibrado, pero para hablar sobre mi infancia, por ejemplo, prefiero la prosa (una prosa muy específica, lo reconozco, con muchos recursos), y la poesía para todo lo demás. Hay amigos a los que les gusta, aunque no entienden nada. Como decía Mallarmé, la poesía es música. La prosa también puede serlo, y en mi caso particular, lo demuestro.

– PdM: ¿Qué libros o autores han marcado tu trayectoria?

– VRM: He pasado por distintas épocas, pero no he desechado a los autores de una, sino que los he arrastrado hacia la otra. En poesía, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Blas de Otero, Ángel González, Carlos Marzal, Mario Benedetti, Fernando Pessoa, Carlos Drummons de Andrade, Aleksandr Pushkin y Marina Tsvietáeva. En prosa, Corazón, de Edmundo d’Amicis, pero también la literatura eslava, como Jaroslav Seifert, Julio Llamazares, Javier Marías, José Saramago y demasiados para dejar constancia de ellos aquí. En el ámbito dramático, el teatro de Calderón. Lorca, Valle-Inclán, Buero Vallejo, Shakespeare y Tennessee Williams.

– PdM ¿Qué proyectos tienes ahora y cómo te planteas tu futuro en la literatura?

– VRM: Dicen que hablar de los proyectos trae mala suerte, y no soy supersticiosa, pero sí carezco de fortuna, así que puedo decir que hay una editorial que está evaluando mi trabajo. En cualquier caso, seguiré probando a participar en los certámenes que me vaya encontrando, pero si no… me conformo conque me lean los amigos.

– PdM: A la hora de escribir, ¿qué te sirve de inspiración?

– VRM: Quizá mi respuesta no sea muy original: un simple gesto, la brisa que me mueva el pelo, los sentimientos (el amor o el desamor), la muerte, la infancia, la nostalgia, el sarcasmo y la ironía. Normalmente, mis poemas llevan dedicatoria (una fija, in memoriam, y otra a la persona que me da las fuerzas para escribir en ese momento).

– PdM: ¿Crees que Montefrío puede inspirar a un escritor?

VRM: Totalmente. Es más: es difícil encontrar en mis prosas algo que no tenga que ver con mi infancia y, por tanto, con Montefrío. Escribo mucho sobre el pueblo y lo identifico con mis sentimientos recordados o con las sensaciones presentes. Hablo de personas que existieron -algunas aún viven- y los nombro por sus nombres o sus motes; creo que eso aporta a la prosa un realismo nostálgico muy especial. Por eso, mis Cuadernos de Montefrío es una serie que nunca tendrá fin. Puedo escribir sobre la maceta de una vecina y dedicarle cinco páginas, y en ellas se concentrará todo Montefrío, o al menos el Montefrío que yo más y mejor conocí, el de la Barriada de la Paz y el mercado y la parte baja los lunes.

– PdM: En Montefrío existe mucha tradición literaria y bastantes jóvenes escritores, ¿qué le dirías a los montefrieños que tienen interés en la literatura?

– VRM: Lo primero, que sean pacientes y crean en sí mismos, y también que tengan cuidado con las editoriales, pues muchas venden quimeras, pero exigen la autoedición o la coedición, y eso puede provocar que se desanimen; lo segundo, que no huyan de sus raíces ni imiten a nadie: que sean auténticos. Lo tercero, que no se den por vencidos. Yo empecé jovencita apareciendo en los periódicos y ahora no me conoce mucha gente, pero me gusta ser fiel a mí misma y no venderme. Creo que, aunque el camino sea más difícil, es más digno y es el adecuado. Se sufre más y a veces lo mandarías todo a tomar viento, pero si realmente te gusta escribir, vuelves a las servilletas y los bolígrafos prestados.

– PdM: Y en estos momentos, ¿qué libro aconsejarías para leer a los amigos de Patrimonio de Montefrío?

– VRM: Tengo varios en mente: Ensayo sobre la ceguera y Todos los nombres, de José Saramago; Toda la belleza del mundo, de Jaroslav Seifert; Kafka en la orilla, de Haruki Murakami; cualquier novela de Miguel Delibes, que desgraciadamente se nos fue, y los cuentos del uruguayo Horacio Quiroga y los que se incluyen en Cuentos de la Mála Strana, de Jan Neruda, autor checo del que tomó el pseudónimo el poeta Pablo Neruda. A quienes le gusten las novelas gráficas, Vals con Bashir es imprescindible, y la francesa Cuatro ríos también, y en poesía, imprescindible Metales pesados, de Carlos Marzal.

Biografía de Verónica Redondo Moreno:

Nací por casualidad en Valencia, pero me crie en Montefrío, donde había nacido mi madre y donde vivían mis abuelos maternos y mi tío. Soy nieta de Antonio Moreno Serrano, “el Capataz”, y Encarna Prieto Pérez, ambos muy estimados en el pueblo.

Fui bastante precoz y recibía clases de mi propio abuelo, que había enseñado a leer a medio pueblo, pero pronto, a los dos años, entré en el parvulario. Además de ser un terremoto, me convertí en la niña mimada de muchos. Creo que siempre disfruté del pueblo: me gustaba visitar a mis vecinos y lo observaba todo. Mi memoria fotográfica guardaba historias, anécdotas y, sobre todo, quería a mucha gente que, conforme ha ido desapareciendo, me ha dejado un hueco imposible de llenar.

Cuando llegó el momento de marcharme del pueblo, a los siete años, tuve una auténtica depresión. Aprovechaba cualquier excusa para volver: fines de semana, vacaciones o un resfriado de mi hermana (la excusa perfecta para cuidarse en el pueblo).

Ya en Granada, seguí dedicándome a lo que en Montefrío era sólo mi afición: escribir, y logré el Primer Premio de Narrativa Caja Rural; el Primer Premio Nacional, Internacional y Extraordinario de Narrativa “Paz y Cooperación”, lo que me hizo aparecer en periódicos, televisión e incluso, vistualmente, en la radio. Posteriormente, logré el Primer Premio de Poesía Mariana Pineda. Cursé estudios de letras puras y me licencié en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, así como en Filología Hispánica. Aprendí inglés, ruso, portugués (entre otros idiomas) y me especialicé en sus literaturas. Tras ser becaria en la Facultad de Letras un par de años, me convertí en funcionaria, y ya hace ocho años que soy profesora de Lengua Castellana y Literatura en Secundaria.

El 2 de enero de 2005 falleció mi abuela materna. Desde entonces, sólo me asomo de incógnito al pueblo. Salvando las distancias -no quiero compararme, por favor-, igual que Gabriel García Márquez tiene a su Macondo, yo tengo a Montefrío como referencia para lo que escribo, y mi última voluntad la voy a hacer pública: quiero que me entierren en el cementerio de Montefrío, de donde creo que no he salido nunca…

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  1. Día Mundial de la Poesía | Patrimonio de Montefrío - 21 marzo, 2011

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